Hallan en Haití los cuerpos de cuatro militares salvadoreños tras emboscada de pandillas

El calor en el asfalto quebrado de Croix-des-Bouquets no daba tregua. El humo negro que brotaba del blindado calcinado comenzaba a disiparse contra el cielo plomizo de Puerto Príncipe, dejando al descubierto una osamenta de acero retorcido y neumáticos consumidos hasta el alambre. El sargento primero Mateo Rivas se detuvo a tres pasos del perímetro acordonado. La tela áspera de su uniforme militar, todavía impregnada del polvo del helipuerto donde aterrizó el avión de transporte apenas dos horas atrás, le pesaba sobre la espalda como plomo derretido.

Se quitó el casco azul por un segundo para limpiarse el sudor de la frente con el dorso del guante táctico. Sus ojos, acostumbrados a la severidad de los cuarteles salvadoreños, recorrían cada metro de aquella hondonada polvorienta. Sobre la tierra seca, dos peritos forenses con trajes de bioseguridad blancos levantaban con extrema cautela la última bolsa negra sellada. En su interior no viajaba un número ni una estadística de misión internacional; viajaba el cabo Ernesto Mendoza, el muchacho de veinticuatro años que arreglaba los rotores de los helicópteros de evacuación y que solía hablarle de las pupusas de arroz que su madre vendía frente al parque de Santa Ana.

—La emboscada fue quirúrgica, sargento —dijo una voz en francés quebrado a su costado. Era el inspector Pierre, de la policía haitiana, un hombre delgado de ojos hundidos que sostenía un fusil Galil con las dos manos—. Bloquearon el camino con dos camiones cisterna en desuso. Luego lanzaron los explosivos desde las azoteas de ladrillo hueco. El blindaje aguantó el primer impacto, pero cuando intentaron maniobrar en reversa, el tanque de combustible estalló. No tuvieron margen para responder al fuego.

Rivas no respondió de inmediato. Caminó despacio hacia el armazón del vehículo. El olor a combustible quemado, caucho derretido y pólvora rancia saturaba el aire caliente. En el costado derecho del blindado, justo debajo de la torreta colapsada, la pequeña bandera azul y blanca de El Salvador pintada sobre el metal había quedado reducida a una costra grisácea, casi ilegible.

—Eran técnicos aeronáuticos, inspector —murmuró Rivas, quebrando el silencio con voz seca y áspera—. Salieron a buscar víveres frescos y repuestos civiles para la planta potabilizadora de la base. No venían a patrullar un nido de francotiradores.

—Para las bandas de esta zona, cualquier uniforme extranjero vale dinero o munición —replicó Pierre, señalando hacia el cerro pelado que dominaba la periferia—. Jimmy y su gente no hacen distinciones entre un mecánico y un artillero. Si rueda por su calle sin pagar peaje, lo destruyen.

Un rugido sordo interrumpió la conversación. Dos helicópteros de evacuación de la coalición sobrevolaban a baja cota, levantando torbellinos de hojas secas, bolsas plásticas y arena. El convoy de fuerzas especiales enviado de urgencia por orden directa desde San Salvador aguardaba a cincuenta metros: una fila de camionetas todoterreno artilladas, repletas de comandos con pasamontañas negros y fusiles listos, con la orden estricta de no retirarse hasta asegurar el perímetro y recuperar cada pertenencia, placa de identificación y armamento de sus cuatro compatriotas.

Rivas se agachó junto a un montículo de grava. Entre los casquillos percutidos de nueve milímetros y los restos de un parabrisas blindado cuarteado, algo brilló bajo la resolana. Era una pequeña cruz de madera rústica atada con una cuerda de paracaídas verde olivo. La reconoció al instante: pertenecía al especialista Joel Navarro, quien jamás subía a una nave de rescate sin tocarla tres veces. Con cuidado meticuloso, Rivas levantó la pieza, la limpió contra la manga de su camisa y la guardó dentro del bolsillo delantero de su chaleco balístico, cerrando el broche con un chasquido firme.

—El cuartel general solicita reporte de confirmación visual, sargento —anunció el cabo Guevara, quien se acercaba con la radio de campaña en la mano, con el auricular pegado a la oreja—. El Estado Mayor en San Salvador y la jefatura de la misión internacional están en línea directa. Exigen saber si hay indicios de cautiverio o si los cuatro fueron recuperados en este punto.

Rivas miró hacia la ambulancia militar donde los dos enfermeros cerraban las puertas traseras del vehículo.

—Confirme la recuperación completa, Guevara —dijo con aplomo implacable—. Cuatro cuerpos asegurados. Procedemos a preparar el traslado hacia la base militar del aeropuerto internacional Toussaint Louverture para las pericias legales y los honores reglamentarios.

El cabo tragó saliva, asintió y comenzó a modular por el micrófono con voz entrecortada, transmitiendo las coordenadas y la fatídica confirmación que en pocos minutos recorrería los despachos gubernamentales y los titulares de prensa en todo el continente.

Pero la misión en Croix-des-Bouquets no terminaba con levantar los restos. Apenas cincuenta minutos después de concluida la recolección, una ráfaga de fusil automático repiqueteó contra una tapia de hormigón a doscientos metros de la intersección. Dos vigías apostados en una vieja torre de agua desvencijada disparaban ráfagas cortas para intimidar a la comitiva.

—¡A cubierto! —gritó Guevara tirándose al suelo.

Rivas ni siquiera parpadeó. Dio dos pasos hacia la primera camioneta artillada salvadoreña, golpeó el capó con la palma abierta y miró fijamente al artillero de la ametralladora pesada.

—No vamos a retroceder con la cabeza gacha —ordenó el sargento, con los dientes apretados—. Suban a las unidades. Mantenemos la formación de caja. Si vuelven a abrir fuego contra las ambulancias, neutralicen la torre y la azotea contigua. Salimos todos juntos de este agujero.

Los motores diésel rugieron al unísono, inundando la calle de un zumbido denso y vibrante. La columna de vehículos blindados avanzó a paso constante, escoltando el transporte fúnebre por el corazón de un vecindario que miraba a través de las rendijas de las persianas de lámina y los balcones deshechos. Nadie más disparó. La firmeza del convoy y la mirada fría de los soldados en las torretas marcaron una barrera invisible pero infranqueable en medio del caos de la barriada.

El trayecto hacia el aeropuerto tomó cuarenta minutos de tensión asfixiante, esquivando barricadas de neumáticos apagados y esquinas dominadas por jóvenes armados que se replegaban al notar la magnitud del convoy de rescate. Al cruzar el portón de seguridad de la base multinacional, las compuertas de hierro forjado se cerraron tras ellos con un golpe seco.

Una guardia de honor improvisada, compuesta por soldados de tres naciones diferentes, ya formaba en dos hileras impecables frente a la pista de aterrizaje donde un avión militar Hércules esperaba con la rampa de carga abierta hacia el cielo.

Rivas bajó de la camioneta, ajustó la correa de su fusil al hombro y se cuadró frente al féretro que bajaban en primer lugar. Sacó la cruz de madera que llevaba guardada en el pecho y la colocó con devoción sobre el paño de la bandera salvadoreña que cubría la caja sellada de Joel Navarro.

—Cumpliste tu guardia, hermano —susurró el sargento, con la mirada fija en el horizonte—. Ahora nos toca a nosotros llevarte a casa.

El avión encendió sus cuatro turbinas, llenando el hangar de un viento cálido que barría el polvo caribeño. En medio del desastre y la crudeza de una tierra consumida por la anarquía, la promesa hecha a las familias en San Salvador se había cumplido: ningún soldado se quedaba atrás.

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